> Naturaleza Muerta Nacional, Rodrigo Quijano, Abril 2010

En la marea picada de la heterogénea contemporaneidad peruana, la muerte ocupa sin duda un lugar central. Y no sólo debido al saldo de los más de 60 mil desaparecidos de un tormentoso pasado político demasiado reciente, sino porque desde el inicio la violencia y la liturgia funeraria marcaron también el rumbo de cómo se ve a si mismo el hombre peruano y cómo procesa conflictivamente su memoria histórica. Pero si el primer dato es para no olvidar y así detener cualquier exotización de la lectura de esos hechos, el segundo es para recordar que en el mundo prehispánico y campesino el culto a la remembranza de los ancestros, así como sus ritos de tributo y pago a los muertos, han atravesado de manera profunda el conjunto de la historia del Perú. Y que en esa historia luctuosa (como acaso queda claro en esta casi pared de alegorías y citas estéticas cruzadas y mortuorias que es la instalación de Ximena Garrido Lecca), han sido abundantes los intercambios, hibridaciones y conflictos entre las distintas tradiciones involucradas colonialmente. Tanto en sus vertientes celebratorias como en las más oscuras, muerte, tributo/pago y memoria proceden y se mueven formal y discursivamente en los territorios de un viejo acuerdo entre las antiguas tradiciones prehispánicas y occidentales, y también en los del desacuerdo más moderno de las esferas de la secularidad vernacular y la religión.

Si miramos la cosa históricamente y por partes, en su primer movimiento pre-colonial, el culto ancestral a los muertos cohesionó el territorio, la religión e incluso la producción agrícola, pues reunió simbólicamente a las colectividades a partir de la idea ritual de convivir con los muertos y sus pequeñas o grandes pertenencias. Sin embargo, ya roto colonialmente el orden previo, la secularización de estas prácticas hizo del modelo europeo (el cementerio) un tipo de memoria civil impuesta y simulacrada, un molde de indentidad siempre desorientado, rápidamente desplazado por otras formas de memoria vernacular o por sus hibridaciones. Y de algún modo, es precisamente en esas formas cada vez más complejas en su hibridación que Ximena Garrido Lecca comprueba sin duda la dispersiones simbólicas en medio de otras defunciones igualmente masivas: el modelo nacional, claramente, pero también la muerte como imagen de otro tipo de peruanidades en abierta crisis. Y por eso, finalmente, en una medida u otra, lo que aquí vemos a pedazos son los fantasmas de diversas subjetividades locales, aquellas en las que las modernidades incompletas o póstumas hacen su inesperada aparición.

A diferencia del vanitas barroco –otro de los temas previos de la obra de Garrido Lecca, la memoria y el culto popular a los muertos del Perú contemporáneo no contiene fecha de vencimiento, mucho menos advertencia moral. Tampoco es una simple celebración de continuidad de una vida por otra, así sublimada. Contemplando la pieza propuesta por Garrido Lecca, uno tiene la impresión de que detrás de ese remake de los nichos de un cementerio en el Cusco, hay más defunciones y gestos póstumos que los que uno puede atisbar a través de esas pequeñas ventanas abiertas a los detalles del mundo privado y miniaturizado de cada difunto. Y que en ese sentido, la pieza casi opera como el corte transversal de una serie de otras perspectivas de las subjetividades nacionales sepultas e insepultas. Es como si en parte la acumulación barroca de estos decorados fuera algo más que el desorden que trae la muerte, y en cierto modo retratara también las transformaciones traumáticas del país ahí involucrado que define al Perú de hoy. Pues al igual que en los demás niveles de entendimiento de lo nacional enterrado, como en las fosas comunes de la violencia política, o como en las fotos carnet que recuerdan a los desaparecidos, las liturgias vernaculares de la muerte en el Perú contemporáneo no son la representación de un más allá, sino el vacío recuerdo de un presente expulsado e imposible de redimir sino a través de la memoria como ritual y gesto permanente, como un espacio entero por recuperar, aunque sea así alegorizado y miniaturizado.